Subject: SÓCRATES
SÓCRATES Y LA FILOSOFÍA
Me hubiera gustado conocer a Sócrates. Imagino que una conversación con él podría transformar mi vida. Ese Sócrates idealizado por mí, imaginario, sería la persona capaz de conseguir que otros encontraran la armonía en su vida.
Y le estoy infinitamente agradecido al Sócrates que vivió, porque he podido sentir que su verdad no murió con él: sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento. Porque, sin haberle conocido, he aprendido con él lo que no he sido capaz de aprender de quienes me rodean.
Si Nietzsche no ha podido derribarme esa idealización, no creo que el deconstruccionismo pueda hacerlo.
Es enorme el respeto que siento por Sócrates, por su grandeza humana. Porque si esa grandeza es sólo una idealización mía, el origen de ese ideal lo encuentro yo en el Sócrates real a quien no podemos conocer, que hace surgir en mí la vivencia, que realmente siento, de esa grandeza. Quien siente esa grandeza puede creer en ella, porque la conoce. Sé que es difícil o imposible explicar esto en toda su profundidad, es sólo lo que mi evidencia interior me dice, no puedo creer en otra cosa que en lo que mi evidencia interior me hace creer. Y si creo en la grandeza de Sócrates es porque siento a Sócrates grande, aunque no haya sido como yo lo imagino. Y ese sentimiento en mí es real, aunque no pueda expresarlo como quisiera. Es lo que vive en mí, sí.
Hago mía la indignación del gran Bertrand Russell al ver ridiculizado y despreciado a Zenon por quienes no alcanzaban a comprender la profundidad de sus paradojas y siento ganas de llorar al pensar que un verdadero filósofo, en quien veo yo la encarnación del espíritu filosófico mismo, no sea apreciado en toda su grandeza por quienes no ven en el más que el principio del declive de la filosofía occidental o a un simple moralista o educador; Sócrates pudo haber sido todo eso, pero no fue grande por eso.
Sócrates no fue quien dijo “La verdad os hará libres”, él era la encarnación de esa creencia. El perfecto psicoanalista o psicoterapeuta, con quienes se le ha comparado muy acertadamente, pues hacer consciente lo inconsciente es hacer llegar a la persona en discordancia a la liberación por medio de ese conocimiento. Llegar a esa verdad interior es el objetivo, abrirte el camino hacia ella, porque si no la encuentras, se puede decir que está en tu interior o no, pero eres tú quien la debe encontrar. Por lo tanto, si no la ves no la conoces, eres el lugar donde la verdad puede surgir, pero para que sea tu verdad debes ser tú la forma vacía de esa verdad. Eres una cerradura en busca de su llave. Si la llave no existe o no es concebible, tampoco hay cerradura, sólo una forma sin definición posible. Sócrates era un psicólogo que creía en una esencia de la naturaleza humana. Veía el camino para llegar a esa esencia. Conocía el itinerario y los obstáculos de cada tramo. Era sabio porque comprendía el proceso, lo conocía. Era hábil porque sabía aplicarlo y encontrar el origen y la esencia del desasosiego. Habla para que yo te conozca. Y sabía que cuando fracasaba no era por que aquel con quien dialogaba no le quisiera permitir llegar a su interior, sino porque él mismo no había encontrado el camino. O porque puede que no siempre haya un camino abierto, esos son los casos incurables de la psicología patológica, en los que el obstáculo en el camino hacia el interior es insalvable. Sócrates amaba a quienes quería ayudar. Y era el amor lo que le movía. Un amor inmenso. No actuaba movido por la búsqueda de reconocimiento ni por interés personal, más que el de sentir que la voz ahogada en el interior del ser se manifiesta y cesa el sufrimiento de aquel en quien esa voz no encontraba el camino para emerger.
La incesante lucha por el despertar de la verdad en el ser consiste en que la manera de ser incompleta del ser llega a ser la única en la que ese ser sabe mostrarse. El primer paso en la revelación de la verdad profunda es doloroso porque se empieza por vislumbrar la verdad, ésta se revela, pero ese mundo conocido en el que vives, en el cual sabes moverte, es destruido por esa verdad. Pero con la aparición de la verdad surge también el mundo nuevo que esa verdad revela. Es la liberación a través de la verdad. Sabes que buscas porque sabes que te falta algo, pero no sabes qué buscas. Eres la cerradura que sabe que es cerradura, pero ignora la forma de la llave que ha de abrirla. Porque no ves la forma de la cerradura que eres. Esa transformación interior surge cuando ves las cosas bajo una nueva luz. Te transformas cuando ves algo que no habías visto antes. Algo que encuentra su sitio en tu interior. Algo que nunca había ocurrido en ti ocurre ahora. Un nuevo ser surge. Al comprender, ver, lo que ahora ves. Lo que ahora en ti te transforma. Quien ve lo que te falta puede llevarte a ello. Porque ve la forma de tu cerradura, invisible para ti.
El Sócrates que imagino, porque de otro no puedo hablar, es en su intención y en su proceder el filósofo más grande de todos los tiempos. Él quería llevar a cada cual a su propia verdad, hacer que le resultara accesible, que la conociera. No imponer un conocimiento, ni siquiera creyendo que ese conocimiento fuera la auténtica verdad. Porque “sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento”. Eso supone respeto y amor por la persona, por lo que es, por lo que vive. Ese conocimiento simple y enorme de que cada persona se mueve y actúa según su comprensión vital; de que lo que una persona es hace que piense, sienta y viva como lo hace. El hombre obra siempre bien. Y su intención desinteresada de que esa esencia insatisfecha del hombre, que causa sufrimiento y angustia se transforme en aceptación. No puede haber nada más noble que eso. Y la verdadera humildad de, por esa misma filosofía, sentirse verdaderamente en igualdad moral con aquellos a quienes ayuda y libera.
Consecuentemente, no debería sentir ninguna admiración por él, siguiendo su profundo consejo: preocúpate menos por Sócrates y más por la verdad. Pero, como soy un poco humano, la siento. Y como soy aún más humano la escribo.
Hoy todo el mundo sabe mucho, lo sabemos; también quieren vendernos su producto, su ciencia, su ideología, su criterio. Muchos quieren convencer, demostrar tal verdad o imponer una doctrina; frente a esto, aquel que sólo sabía que no sabía nada se interesaba por las personas tratando de que quien no veía claro su propio camino se liberara de todo aquello que le impedía verlo. Es una intención constante de la filosofía, la más noble.
Me hubiera gustado conocer a Sócrates. Imagino que una conversación con él podría transformar mi vida. Ese Sócrates idealizado por mí, imaginario, sería la persona capaz de conseguir que otros encontraran la armonía en su vida.
Y le estoy infinitamente agradecido al Sócrates que vivió, porque he podido sentir que su verdad no murió con él: sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento. Porque, sin haberle conocido, he aprendido con él lo que no he sido capaz de aprender de quienes me rodean.
Si Nietzsche no ha podido derribarme esa idealización, no creo que el deconstruccionismo pueda hacerlo.
Es enorme el respeto que siento por Sócrates, por su grandeza humana. Porque si esa grandeza es sólo una idealización mía, el origen de ese ideal lo encuentro yo en el Sócrates real a quien no podemos conocer, que hace surgir en mí la vivencia, que realmente siento, de esa grandeza. Quien siente esa grandeza puede creer en ella, porque la conoce. Sé que es difícil o imposible explicar esto en toda su profundidad, es sólo lo que mi evidencia interior me dice, no puedo creer en otra cosa que en lo que mi evidencia interior me hace creer. Y si creo en la grandeza de Sócrates es porque siento a Sócrates grande, aunque no haya sido como yo lo imagino. Y ese sentimiento en mí es real, aunque no pueda expresarlo como quisiera. Es lo que vive en mí, sí.
Hago mía la indignación del gran Bertrand Russell al ver ridiculizado y despreciado a Zenon por quienes no alcanzaban a comprender la profundidad de sus paradojas y siento ganas de llorar al pensar que un verdadero filósofo, en quien veo yo la encarnación del espíritu filosófico mismo, no sea apreciado en toda su grandeza por quienes no ven en el más que el principio del declive de la filosofía occidental o a un simple moralista o educador; Sócrates pudo haber sido todo eso, pero no fue grande por eso.
Sócrates no fue quien dijo “La verdad os hará libres”, él era la encarnación de esa creencia. El perfecto psicoanalista o psicoterapeuta, con quienes se le ha comparado muy acertadamente, pues hacer consciente lo inconsciente es hacer llegar a la persona en discordancia a la liberación por medio de ese conocimiento. Llegar a esa verdad interior es el objetivo, abrirte el camino hacia ella, porque si no la encuentras, se puede decir que está en tu interior o no, pero eres tú quien la debe encontrar. Por lo tanto, si no la ves no la conoces, eres el lugar donde la verdad puede surgir, pero para que sea tu verdad debes ser tú la forma vacía de esa verdad. Eres una cerradura en busca de su llave. Si la llave no existe o no es concebible, tampoco hay cerradura, sólo una forma sin definición posible. Sócrates era un psicólogo que creía en una esencia de la naturaleza humana. Veía el camino para llegar a esa esencia. Conocía el itinerario y los obstáculos de cada tramo. Era sabio porque comprendía el proceso, lo conocía. Era hábil porque sabía aplicarlo y encontrar el origen y la esencia del desasosiego. Habla para que yo te conozca. Y sabía que cuando fracasaba no era por que aquel con quien dialogaba no le quisiera permitir llegar a su interior, sino porque él mismo no había encontrado el camino. O porque puede que no siempre haya un camino abierto, esos son los casos incurables de la psicología patológica, en los que el obstáculo en el camino hacia el interior es insalvable. Sócrates amaba a quienes quería ayudar. Y era el amor lo que le movía. Un amor inmenso. No actuaba movido por la búsqueda de reconocimiento ni por interés personal, más que el de sentir que la voz ahogada en el interior del ser se manifiesta y cesa el sufrimiento de aquel en quien esa voz no encontraba el camino para emerger.
La incesante lucha por el despertar de la verdad en el ser consiste en que la manera de ser incompleta del ser llega a ser la única en la que ese ser sabe mostrarse. El primer paso en la revelación de la verdad profunda es doloroso porque se empieza por vislumbrar la verdad, ésta se revela, pero ese mundo conocido en el que vives, en el cual sabes moverte, es destruido por esa verdad. Pero con la aparición de la verdad surge también el mundo nuevo que esa verdad revela. Es la liberación a través de la verdad. Sabes que buscas porque sabes que te falta algo, pero no sabes qué buscas. Eres la cerradura que sabe que es cerradura, pero ignora la forma de la llave que ha de abrirla. Porque no ves la forma de la cerradura que eres. Esa transformación interior surge cuando ves las cosas bajo una nueva luz. Te transformas cuando ves algo que no habías visto antes. Algo que encuentra su sitio en tu interior. Algo que nunca había ocurrido en ti ocurre ahora. Un nuevo ser surge. Al comprender, ver, lo que ahora ves. Lo que ahora en ti te transforma. Quien ve lo que te falta puede llevarte a ello. Porque ve la forma de tu cerradura, invisible para ti.
El Sócrates que imagino, porque de otro no puedo hablar, es en su intención y en su proceder el filósofo más grande de todos los tiempos. Él quería llevar a cada cual a su propia verdad, hacer que le resultara accesible, que la conociera. No imponer un conocimiento, ni siquiera creyendo que ese conocimiento fuera la auténtica verdad. Porque “sólo el conocimiento que llega desde dentro es el verdadero conocimiento”. Eso supone respeto y amor por la persona, por lo que es, por lo que vive. Ese conocimiento simple y enorme de que cada persona se mueve y actúa según su comprensión vital; de que lo que una persona es hace que piense, sienta y viva como lo hace. El hombre obra siempre bien. Y su intención desinteresada de que esa esencia insatisfecha del hombre, que causa sufrimiento y angustia se transforme en aceptación. No puede haber nada más noble que eso. Y la verdadera humildad de, por esa misma filosofía, sentirse verdaderamente en igualdad moral con aquellos a quienes ayuda y libera.
Consecuentemente, no debería sentir ninguna admiración por él, siguiendo su profundo consejo: preocúpate menos por Sócrates y más por la verdad. Pero, como soy un poco humano, la siento. Y como soy aún más humano la escribo.
Hoy todo el mundo sabe mucho, lo sabemos; también quieren vendernos su producto, su ciencia, su ideología, su criterio. Muchos quieren convencer, demostrar tal verdad o imponer una doctrina; frente a esto, aquel que sólo sabía que no sabía nada se interesaba por las personas tratando de que quien no veía claro su propio camino se liberara de todo aquello que le impedía verlo. Es una intención constante de la filosofía, la más noble.

Esteban
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