Subject: Injertos de Gonzalo Zona
Encontré el libro de Gonzalo Zona en la biblioteca Cardenal Cisneros de Alcalá de Henares. Me gustó tanto que me entraron ganas de comprarlo. Creo que está agotado. Os dejo algunos "Injertos", que así se llama el libro. En el acto de presentación de "Dominios de matiz" del editor y poeta Juan Pastor creí ver a Gonzalo Zona. Mi excesiva timidez me impidió decirle lo mucho que me había gustado su libro.
Las últimas palabras del agonizante, siempre las mismas: «Argghhh». Las primeras palabras del recién nacido: «Argghhh». Entremedias desarrollamos un sistema codificado de signos: el lenguaje, que trata de explicar de dónde venimos y a dónde vamos, que se empeña en comprender y justificar dos gruñidos.
El Mesías nos prometió muy educadamente volver pronto, pero un turista sensato no repite jamás un destino fatal.
Todo lo que no es fotocopia es plagio.
Si yo lo deseo mi escritura retumba.
Vomito todos los días, cada noche antes de acostarme. En realidad lo que vomito son los días: vomito el lunes, vomito el martes, vomito el miércoles…
No vivo: colecciono años, sumo y archivo despertares y almuerzos, como quien colecciona pegatinas y sellos sin saber para qué.
Consciente de ser claramente superior a los de su raza, aquel perro inteligente se puso a ladrar por escrito.
Yo estaba aprendiendo a rezar, pero no sabía cómo proceder: estaba ahí de pie, recitando bobamente un Padre Nuestro con los brazos colgando, como un amateur de la fe. Entonces el cura intervino y me enseñó cómo hacerlo: «¡Vamos, de rodillas! ¡Venga, arriba las manos! ¡Y juntas, donde pueda verlas!» Asustado, sólo se me ocurrió suplicar: «¡Por Dios tenga piedad, soy inocente! ¿De qué se me acusa?» «¡Muy bien!, exclamó el cura, aprendes rápido».
Foto de clase en la escuela. Teníamos dieciséis años. En la foto, se siguen riendo. Fuera de ella, no tengo ni idea.
Los dos niños reciben el mismo regalo. «¡Qué bonito es!», exclama el niño guapo, «¡gracias, oh, gracias!». «¡Es horrible!», refunfuña el niño feo, «¡bah!, ¡yo no lo quiero!». El regalo era un espejo. Así juzgamos todos del mundo según nuestra imagen.
Las últimas palabras del agonizante, siempre las mismas: «Argghhh». Las primeras palabras del recién nacido: «Argghhh». Entremedias desarrollamos un sistema codificado de signos: el lenguaje, que trata de explicar de dónde venimos y a dónde vamos, que se empeña en comprender y justificar dos gruñidos.
El Mesías nos prometió muy educadamente volver pronto, pero un turista sensato no repite jamás un destino fatal.
Todo lo que no es fotocopia es plagio.
Si yo lo deseo mi escritura retumba.
Vomito todos los días, cada noche antes de acostarme. En realidad lo que vomito son los días: vomito el lunes, vomito el martes, vomito el miércoles…
No vivo: colecciono años, sumo y archivo despertares y almuerzos, como quien colecciona pegatinas y sellos sin saber para qué.
Consciente de ser claramente superior a los de su raza, aquel perro inteligente se puso a ladrar por escrito.
Yo estaba aprendiendo a rezar, pero no sabía cómo proceder: estaba ahí de pie, recitando bobamente un Padre Nuestro con los brazos colgando, como un amateur de la fe. Entonces el cura intervino y me enseñó cómo hacerlo: «¡Vamos, de rodillas! ¡Venga, arriba las manos! ¡Y juntas, donde pueda verlas!» Asustado, sólo se me ocurrió suplicar: «¡Por Dios tenga piedad, soy inocente! ¿De qué se me acusa?» «¡Muy bien!, exclamó el cura, aprendes rápido».
Foto de clase en la escuela. Teníamos dieciséis años. En la foto, se siguen riendo. Fuera de ella, no tengo ni idea.
Los dos niños reciben el mismo regalo. «¡Qué bonito es!», exclama el niño guapo, «¡gracias, oh, gracias!». «¡Es horrible!», refunfuña el niño feo, «¡bah!, ¡yo no lo quiero!». El regalo era un espejo. Así juzgamos todos del mundo según nuestra imagen.

Íñigo Laquerrá
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