Subject: UN SUICIDIO
Había consecuentado ciertas actitudes, en aras de un sueño.
“Eso, puede pasarle a cualquiera” Decía mientras caminaba a prisa sosteniendo el café hirviendo.
“Lo que no puede suceder tan frecuente, es que nos desgastemos en la primer premisa perdiendo de vista la segunda” Reflexionaba mientras cruzaba el parque, olvidando la temperatura de su bebida. No le importó quemarse, es mas, lo había olvidado minutos después cuando intentó probarlo nuevamente.
Y es que, ahora parecía, que su trabajo era más bien lo que hacía despejarse de sus conflictos, y que, el arte de escudriñar en las verdades de los demás se había convertido en el oficio de su existencia.
“…si no tiene nada de malo, siempre y cuando, conmemore cada presencia, con su verdad” Le decía a su compañero de asiento, el cual no tenía ni la mínima idea de lo que hablaba.
La dislexia siempre le había concedido el derecho de equivocarse sin culpa alguna. Sin embargo, había desarrollado ciertas mañas para sopesarla, y entonces, habría que guardar el secreto, no vaya a ser que sepan que uno ya lo superó y si el error saliese nuevamente….
“Soberbia” Le gritaban sus escrúpulos. Y ella, sólo resolvía alzar los hombros.
“A nadie le hago daño, basta ya y déjame escudriñar” Respondía entre dientes.
Entonces, abría la primera puerta de su trabajo, y miraba directamente a los ojos al conserje. “Buen día Don Augusto…”
Éste nunca le contestaba, ¿Qué podría importarle esa empleaducha que fingía ser feliz?
Para Mara era mas fácil escudriñar a los explosivos que a los pasivos, aunque los pasivos eran un manjar delicioso al que se le podía comer lentamente, lo cual le provocaba cierta adicción.
Pero ese día, sintió pena por el conserje, y decidió no hurgarlo y tomar con “humildad” su desdén como señal de que el oficio preciado-su amado arte de escudriñar- debía posponerse al siguiente día por respeto a la infelicidad del solitario hombre.
Esa misma noche, aprovechó su temprano arribo al metro y se tumbó sobre la cama. “Si no debo escudriñar a nadie mas, entonces tendré que usarme de conejillo de indas” Se dijo en tono estoico.
El nuevo té que había comprado, surtió un buen efecto, superando las expectativas, y entonces Mara cayó rendida sin siquiera meterse en las cobijas.
Despertó sedienta, con la luz brillando sobre su cara, eso siempre significaba que era ya demasiado tarde para la hora del trabajo. Buscó su reloj de manera cotidiana, pero no lo encontró. Y eso bastaba para que Mara se levantara de malas.
Aventó las almohadas “¿Por qué rayos sigo conservándolas si las odio? Gruñía
¿Dónde rayos esta el despertador?
Buscó su celular, pero estaba completamente descargado. Sin saber la hora, se sentía completamente a ciegas.
Al no encontrarlo de manera fácil, optó por encender la tv, los noticieros siempre tenían un pequeño reloj en la orilla de la pantalla, pero no había luz.
“Uf, esta sí es una buena razón para gruñir de manera abierta por todos los rincones de mi día” Se decía mientras elegía bañarse con agua fría.
Mientras observaba cómo su piel se contraía por el frío se preguntaba con cierto espanto, donde pudiese estar el despertador y sobre todo, el ansia por desconocer la hora era mas latente que cualquier otra incertidumbre.
“Toc toc”
¿Y ahora, quien rayos es? Se preguntaba sorprendida, nadie tocaba a esa hora, bueno, en realidad, no estaba segura de la hora, pero podía calcular, entonces se acordó que quien fuese, podría decirle la hora.
Aún mojada, con la bata al revés abrió mal encarada. Era un joven atractivo. Y Mara se quedó muda, “ash, éste arruinara mis pretextos para andar malhumorada”
“Disculpe damita..”
“Damita???” pensaba Mara con sorna
“Este, ¿se que esto le sonará muy extraño pero, ¿me podría dar su hora por favor?”
C@ATARINA
“Eso, puede pasarle a cualquiera” Decía mientras caminaba a prisa sosteniendo el café hirviendo.
“Lo que no puede suceder tan frecuente, es que nos desgastemos en la primer premisa perdiendo de vista la segunda” Reflexionaba mientras cruzaba el parque, olvidando la temperatura de su bebida. No le importó quemarse, es mas, lo había olvidado minutos después cuando intentó probarlo nuevamente.
Y es que, ahora parecía, que su trabajo era más bien lo que hacía despejarse de sus conflictos, y que, el arte de escudriñar en las verdades de los demás se había convertido en el oficio de su existencia.
“…si no tiene nada de malo, siempre y cuando, conmemore cada presencia, con su verdad” Le decía a su compañero de asiento, el cual no tenía ni la mínima idea de lo que hablaba.
La dislexia siempre le había concedido el derecho de equivocarse sin culpa alguna. Sin embargo, había desarrollado ciertas mañas para sopesarla, y entonces, habría que guardar el secreto, no vaya a ser que sepan que uno ya lo superó y si el error saliese nuevamente….
“Soberbia” Le gritaban sus escrúpulos. Y ella, sólo resolvía alzar los hombros.
“A nadie le hago daño, basta ya y déjame escudriñar” Respondía entre dientes.
Entonces, abría la primera puerta de su trabajo, y miraba directamente a los ojos al conserje. “Buen día Don Augusto…”
Éste nunca le contestaba, ¿Qué podría importarle esa empleaducha que fingía ser feliz?
Para Mara era mas fácil escudriñar a los explosivos que a los pasivos, aunque los pasivos eran un manjar delicioso al que se le podía comer lentamente, lo cual le provocaba cierta adicción.
Pero ese día, sintió pena por el conserje, y decidió no hurgarlo y tomar con “humildad” su desdén como señal de que el oficio preciado-su amado arte de escudriñar- debía posponerse al siguiente día por respeto a la infelicidad del solitario hombre.
Esa misma noche, aprovechó su temprano arribo al metro y se tumbó sobre la cama. “Si no debo escudriñar a nadie mas, entonces tendré que usarme de conejillo de indas” Se dijo en tono estoico.
El nuevo té que había comprado, surtió un buen efecto, superando las expectativas, y entonces Mara cayó rendida sin siquiera meterse en las cobijas.
Despertó sedienta, con la luz brillando sobre su cara, eso siempre significaba que era ya demasiado tarde para la hora del trabajo. Buscó su reloj de manera cotidiana, pero no lo encontró. Y eso bastaba para que Mara se levantara de malas.
Aventó las almohadas “¿Por qué rayos sigo conservándolas si las odio? Gruñía
¿Dónde rayos esta el despertador?
Buscó su celular, pero estaba completamente descargado. Sin saber la hora, se sentía completamente a ciegas.
Al no encontrarlo de manera fácil, optó por encender la tv, los noticieros siempre tenían un pequeño reloj en la orilla de la pantalla, pero no había luz.
“Uf, esta sí es una buena razón para gruñir de manera abierta por todos los rincones de mi día” Se decía mientras elegía bañarse con agua fría.
Mientras observaba cómo su piel se contraía por el frío se preguntaba con cierto espanto, donde pudiese estar el despertador y sobre todo, el ansia por desconocer la hora era mas latente que cualquier otra incertidumbre.
“Toc toc”
¿Y ahora, quien rayos es? Se preguntaba sorprendida, nadie tocaba a esa hora, bueno, en realidad, no estaba segura de la hora, pero podía calcular, entonces se acordó que quien fuese, podría decirle la hora.
Aún mojada, con la bata al revés abrió mal encarada. Era un joven atractivo. Y Mara se quedó muda, “ash, éste arruinara mis pretextos para andar malhumorada”
“Disculpe damita..”
“Damita???” pensaba Mara con sorna
“Este, ¿se que esto le sonará muy extraño pero, ¿me podría dar su hora por favor?”
C@ATARINA

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